Gobernar la pasión: Los intentos del Estado por capitalizar la identidad futbolística.
Históricamente, el fútbol ha sido visto por el poder político como una herramienta propagandística de masas. El abanico va desde extremos totalitarios, como el dictador fascista Benito Mussolini amenazando a la selección italiana en los años treinta, hasta casos contemporáneos como el de Kim Jong-un utilizándolo para mostrar la supuesta superioridad del régimen norcoreano. Con esto, el fútbol puede ser considerado un aparato estatal que canaliza las tensiones sociales para transformarlas en la adhesión a un espectáculo (Brohm, 1976). En Argentina, los gobiernos lo han utilizado frecuentemente como una distracción, pero hubo momentos donde la ambición fue más allá y se intentó una capitalización política directa.
El caso paradigmático de esta búsqueda de transferencia de carisma ocurrió tras el Mundial de Italia 1990. El subcampeonato de la Selección Argentina, signado por la épica de un Diego Maradona diezmado físicamente y un equipo que resistente, generó una oleada de fervor popular que el entonces presidente Carlos Menem no tardó en capitalizar. El presidente se subió al mismísimo balcón de la Casa Rosada junto al plantel, fundiéndose en el festejo masivo ante una Plaza de Mayo colmada. Ese gesto buscaba una validación simbólica: al asociar su figura con la resiliencia de los ídolos, el mandatario buscaba contagiar a su propia gestión de esa simpatía ciega en pleno inicio de su ambicioso plan de reformas estructurales.
Como explica Archetti (1999), el fútbol en Argentina no funciona como un simple reflejo de la sociedad, sino como un "espacio arena" donde se construyen, negocian y disputan de forma constante las identidades colectivas y los estilos de liderazgo político. En ese balcón de 1990, Menem comprendió perfectamente las reglas de esa arena, transformando el festejo plebeyo en el decorado perfecto para apuntalar la legitimidad de su propio relato de poder.
Tres décadas después de aquella postal menemista, la consagración en el Mundial de Qatar ofreció el espejo invertido de esa relación. En diciembre, el campeonato del mundo desató la mayor movilización popular de la historia argentina, una "felicidad popular" que el gobierno de Alberto Fernández intentó desesperadamente capitalizar ofreciendo el balcón de la Casa Rosada, tal como se había hecho históricamente en 1978, 1986 y 1990. Sin embargo, el plantel liderado por Lionel Messi rompió la tradición y tomó una decisión institucional sin precedentes: rechazaron la invitación oficial, evitaron la foto con las autoridades y prefirieron quedar varados en un colectivo sobre la autopista antes que regalarle una victoria simbólica a una gestión con niveles críticos de aprobación y sumida en una profunda crisis socioeconómica.
El éxito futbolístico suele ser el único espacio donde el Estado puede escenificar una victoria sin fisuras; por lo tanto, la tentación de la clase política de expropiar ese festejo y transformarlo en consenso oficialista es una constante (Albarces, 2002). En la era de la polarización extrema, la "Scaloneta" activó un anticuerpo inédito frente a esa constante: entendió que cualquier foto en el balcón gubernamental implicaba una partidización forzada del éxito.
Anteriormente, la Selección y Messi ya se habían involucrado en otro intento de capitalización política, pero con una diferencia clave: esta vez el agente que buscaba politizarse era interno, lo que generó mucha más turbulencia dentro del plantel a diferencia de las otras dos ocasiones. En 2017, tras la desaparición de Santiago Maldonado, el director técnico Jorge Sampaoli hizo una petición clara: quería que el equipo saliera a la cancha con una remera con la famosa frase "¿Dónde está Santiago Maldonado?". El 10 se negó rotundamente. La selección hoy en día actúa como una marca global que busca aislarse de las polémicas políticas que ocurren en el país, los atletas de élite hoy funcionan como marcas transnacionales que necesitan cuidar su neutralidad (Andrews, 2006). Con esto, el plantel demostró que el límite a la politización no sólo aplica para los presidentes que buscan la foto desde afuera, sino también para cualquiera que intente meter la grieta desde adentro del vestuario.
En conclusión, la Selección aprendió de los antecedentes y entendió perfectamente cómo funciona la actualidad política. En la época de Menem, subirse al balcón generaba debates, pero no existía la grieta feroz ni las cámaras de eco que sufrimos hoy. En una Argentina polarizada, quedar pegado a un político ya no es solo una distracción o un gesto institucional: es un peligro que puede partir la tribuna al medio y arruinar una marca global como es la selección. Al alejarse del poder de turno y ponerle un freno tanto a los de afuera como a los de adentro, el plantel fijó una postura inteligente. La Selección entendió que, en el barro de la política moderna, la única forma de seguir siendo de todos es no pertenecer absolutamente a nadie.
