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El impulso de la política exterior: ¿ideología o pragmatismo?

Por Guadalupe Molina - 30 de septiembre de 2026
El impulso de la política exterior: ¿ideología o pragmatismo?

“Ladrón” y “presidiario” fueron algunas de las formas en las que Javier Milei se refirió al presidente de Brasil, Luiz Inacio Lula da Silva, en su última visita al país vecino. El mandatario argentino había participado del lanzamiento de la candidatura presidencial de Flavio Bolsonaro, principal opositor del actual gobierno, y fue en ese contexto en que atacó también a un juez de la Corte Suprema brasileña, Alexandre de Moraes.

Este cruce no sorprendió a muchos, dado que no es la primera vez que ambos mandatarios intercambian acusaciones públicas. Sin embargo, esta vez derivó en consecuencias diplomáticas más concretas: Brasil llamó a consultas a su embajador en Buenos Aires y convocó al embajador argentino para pedir explicaciones. Actos de este tipo se consideran previos a una ruptura de relaciones diplomáticas y debilitan el vínculo bilateral que ya se encontraba en tensión. Lula, por otro lado, aseguró que la  relación con su par argentino “es la de un jefe de Estado con el Estado. Me gusta el pueblo argentino y no voy a pelearme con ese tipo”. 

Fue tras “reiteradas agresiones” del presidente Milei, como lo describió Itamaraty, que se rebajó el vínculo bilateral de los países a encargado de negocios, el nivel más bajo de las relaciones diplomáticas. Estas circunstancias suelen darse cuando la relación entre dos Estados es tan débil que resulta imposible mantener un representante de mayor jerarquía. 

Ya pasó más de un mes desde los dichos y el vínculo diplomático todavía no fue restaurado del todo. Pero esto no significa que la relación entre Argentina y Brasil se frenó completamente. Aunque permanece en el nivel de encargados de negocios, los canales económicos e institucionales continúan funcionando. Ambos países siguen trabajando en la agenda del Mercosur y el intercambió comercial no se interrumpió. Desde el gobierno argentino se sostuvo que "no hay que mezclar diferencias ideológicas con institucionales” (Rosemberg, 2026). El conflicto entonces parece concentrarse en el plano político y diplomático, mientras que los intereses económicos y estratégicos siguen en pie y vigentes. 

Brasil es el principal socio comercial de nuestro país y compartimos un vínculo histórico importante que atraviesa la relación bilateral. Existen intereses estructurales y necesidades mutuas que exceden la relación personal entre sus mandatarios y que exigen continuidad. La tensión entre los gobiernos puede dificultar y ralentizar la comunicación, lo que limita la capacidad de resolver cuestiones de mutuo interés, cosas que normalmente facilitan las embajadas y su debido funcionamiento. 

Por ello, detrás de la disputa entre ambos mandatarios, hay una cuestión más profunda: ¿Qué motiva la política exterior de los gobiernos? ¿Los intereses estatales o la ideología del presidente de turno? 

Toda política exterior combina elementos ideológicos y pragmáticos. La dimensión ideológica comprende principios, valores y preferencias que permiten a un gobierno definir cómo interpreta el mundo y qué objetivos busca perseguir durante su mandato. El pragmatismo, por otro lado, considera la viabilidad y las consecuencias de esas decisiones a largo o mediano plazo. Como señala Gian Luca Gardini (2011), no se tratan de dimensiones opuestas ya que una política exterior puede estar guiada por convicciones ideológicas y, al mismo tiempo, ser pragmática en la forma de perseguirlas. 

Lo que sucede en este caso, es que la ideología deja de funcionar simplemente como una orientación y desestima las consecuencias de sus acciones. Los modos de Milei pueden funcionar en la arena política doméstica. Sin embargo, ¿puede trasladar esta lógica al escenario internacional? 

Gardini (2011) asocia una política exterior ideologizada con una visión personalista de las relaciones internacionales, en la que el centro pasa a ser el líder o la administración de turno antes que un interés nacional consistente. Eso no quiere decir que los gobiernos no tengan que establecer un rumbo propio, pero estos tienen que convivir con relaciones e intereses que requieren continuidad y estabilidad. 

Los líderes hoy en día trasladan al escenario internacional una lógica de comunicación y construcción de audiencias propia de la política doméstica. Una posible explicación de ello se encuentra en la propia transformación de la política interna. Bernard Manin (1997) trae el concepto de “democracia de audiencias” para describir un modelo de democracia que está marcada por la influencia de los medios de comunicación. Para el líder, hacer política implica comunicarse directamente con la gente, sin pasar por el partido o las instituciones que antes hacían de intermediarias. Si esta lógica redefine la manera en que un líder construye esa relación directa con su sociedad, cabe preguntarse qué pasa cuando ese mismo líder representa al Estado frente al exterior. 

Las relaciones internacionales comienzan a compartir algunos de estos mecanismos: la personalización, la polarización y la repercusión pública. En lugar de visitar Brasil por una cuestión diplomática o una reunión bilateral, Milei fue a participar de un acto político de una fuerza opositora del país que visitaba. Esto es a lo que Carlos Pagni (2026) se refiere cuando habla de “familias de partidos”: facciones políticas dentro de cada país que se asocian o contradicen con otras similares fuera de sus fronteras y parecen dominar las relaciones internacionales hoy en día. 

Milei no parece actuar únicamente como jefe de Estado ante otro país, sino también como referente de una identidad política que trasciende las fronteras nacionales. Tampoco sería este hecho un caso aislado, dado que el presidente ya intervino públicamente en escenarios políticos de otros países en respaldo de fuerzas ideológicamente afines. 

Cabe destacar que Milei no es el único que se comporta de esta manera. La respuesta de Brasilia tampoco estuvo del todo exenta de cálculo político: fue decisión del propio gobierno de Lula rebajar las relaciones diplomáticas a encargados de negocios, y el mismo Flavio Bolsonaro acusó al presidente brasileño de ejercer una política exterior “ideologizada y confrontacional” porque, según él, romper con Buenos Aires no era inevitable.

Todo esto lleva a la pregunta: ¿Qué pasa cuando las palabras de un líder político son al mismo tiempo palabras de un jefe de Estado? La personalización genera tensión porque los intereses del líder no necesariamente coinciden con los intereses permanentes del país. 

Esto coincide con cómo se vivió la disputa al interior de la Argentina. Una comitiva multipartidaria de la oposición viajó a Brasilia para reunirse con funcionarios brasileños a modo de gesto simbólico para intentar recomponer la relación, y como acto de queja hacia los dichos del presidente Milei. “La política exterior de la Argentina no puede quedar sometida a las afinidades personales de un presidente. Brasil es nuestro principal socio comercial y geopolítico: la prioridad de nuestro país debe ser consolidar esa alianza, no atacarla y destruirla” declaró Nicolás Massot, diputado nacional que encabezó la iniciativa. ¿No es esto también otro ejemplo de cómo funcionan las familias de partidos? La facción ideológicamente afín al gobierno de Lula fue a apoyarlo, aunque en nombre de una causa más institucionalista y no electoral. 

En fin, no se puede hacer política exterior sin ideología. En una democracia, los gobiernos tienen derecho a marcar el rumbo de la Cancillería: las prioridades, alianzas, estilos. Pero no significa que pueda cambiar drásticamente con cada elección. El pragmatismo resulta fundamental para la construcción de relaciones que trascienden a los gobiernos de turno. Hay intereses nacionales, socios estratégicos, compromisos internacionales y vínculos que dan estabilidad y certeza a un país. 

La relación entre Argentina y Brasil no comenzó con Milei y Lula, ni terminará con ellos. Los intereses comerciales y estratégicos son demasiado profundos como para depender de una afinidad política. Incluso rebajada a su mínima expresión diplomática, la agenda del Mercosur y el intercambio comercial siguieron en pie. El gobierno argentino lo reconoció al distinguir las diferencias ideológicas de las institucionales, y la comitiva opositora que viajó a Brasilia lo entendió de la misma manera: la política exterior de un país no puede quedar sometida a las afinidades o enemistades personales de quienes gobiernan en un momento dado.  

En la democracia de audiencias los líderes hablan directamente a su público, se premia la autenticidad por sobre lo políticamente correcto. Pero cuando hablan en nombre de un Estado, sus palabras trascienden al público propio y comprometen intereses que no son solo suyos. No hay que elegir entre ideología y pragmatismo, la política exterior se sirve de ambos. El peligro es que la ideología deje de ser una orientación para convertirse en el único criterio. Los gobiernos cambian, pero los pueblos y sus intereses permanecen.

Referencias

  1. Gardini, G. L. (2011). Latin American foreign policies between pragmatism and ideology: A framework for analysis. In G. L. Gardini & P. Lambert (Eds.), Latin American foreign policies: Between ideology and pragmatism (pp. 13–33). Palgrave Macmillan.
  2. Manin, B. (1997). The principles of representative government. Cambridge University Press.
  3. Pagni, C. (2026, 28 de julio). Por qué Milei insulta a Lula. LA NACIÓN.
  4. Rosemberg, J. (2026, 1 de septiembre). A pesar de los cortocircuitos entre Milei y Lula, Argentina y Brasil ensayan gestos de distensión. LA NACIÓN.
Sobre el autor

Guadalupe Molina

Guadalupe Molina es estudiante de Relaciones Internacionales en la Universidad Austral y forma parte del área de Análisis Político de Fundación Politeia.