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SociedadEmpleo

Crisis laboral: ¿la desocupación es coyuntural o estructural?

Por Zani Della Negra - 10 de julio de 2026
Crisis laboral: ¿la desocupación es coyuntural o estructural?

Trimestralmente en Argentina se realiza una encuesta que busca medir diversos indicadores sociodemográficos en aglomerados urbanos de todo el país. Esta Encuesta Permanente de Hogares (EPH) mostró para el primer trimestre de 2026 un dato que llamó la atención de analistas y políticos. La tasa de desocupación se ubicó en 7,8%, el dato más alto desde la pandemia, representando aproximadamente a 1,1 millones de personas que no tienen empleo y están disponibles para incorporarse al mercado laboral.

La Encuesta Permanente de Hogares es el principal instrumento estadístico que produce el INDEC para medir el mercado laboral argentino. Se realiza de manera trimestral sobre los 31 principales aglomerados urbanos del país. Es decir, mide únicamente indicadores para las grandes ciudades. La economía rural, los pueblos pequeños, los circuitos de informalidad más invisibles, quedan fuera del cuadro.

Para la EPH son desocupadas aquellas personas que no tienen empleo, están disponibles para trabajar y buscaron activamente un trabajo durante la semana previa a la encuesta. Esta definición importa porque excluye a quienes dejaron de buscar por desaliento, a quienes trabajan al menos una hora y a quienes lo hacen en la informalidad sin que eso se registre como empleo pleno. Las nuevas modalidades de empleo pueden incluso maquillar este número. Según el Centro de Economía Política Argentina (CEPA, 2026), las plataformas digitales funcionan como un "amortiguador estadístico" del desempleo, ya que ante la pérdida de un empleo asalariado formal, la facilidad de acceso a las aplicaciones permite un "rebusque" inmediato que impide la transición técnica del individuo hacia la categoría de desocupado.

Este número no es solamente una anomalía circunstancial ni la respuesta inmediata a una política económica. Es la confirmación de una tendencia que lleva más de dos décadas: el cuarto trimestre de 2023 marcó el piso decenal con un 5,7%. Antes de eso, la última vez que la desocupación había tocado un nivel similar fue en el período de fuerte crecimiento de la posconvertibilidad. Desde 2003 en adelante (cuando cambió el criterio de medición de desocupación), la tasa oscila sistemáticamente entre el 5% y el 12%, con picos en los momentos de mayor contracción económica (Por ejemplo, la pandemia). Lo que el dato transversal muestra es que ninguna administración logró sostener tasas bajas durante períodos prolongados, construyendo una base porcentual estructural de desocupados.

Esta cuestión estructural no es algo novedoso de este siglo, tampoco es específica a nuestro territorio, sino que es un fenómeno de larga data ampliamente analizado. José Nun, el gran sociólogo nacional, abordó esto a fines de los años sesenta bajo el nombre de "masa marginal" (Nun, 2001).

La "masa marginal" se aleja de la idea de una masa de desocupados funcional para el capitalismo. Para entender el particular contexto latinoamericano, Nun comprende que esta fracción de la población no solo está desocupada, sino que es directamente prescindible para el sistema. Esto no indica que sean siempre las mismas personas quienes se encuentran desocupadas, sino que hay una fracción estadística de la población que es prescindible para el mercado laboral. Más de veinte años de tasa de desocupación sin perforar el piso del 5% es, leída con los anteojos de Nun, exactamente la expresión estadística de esa masa marginal que el sistema no va a absorber.

El problema de la desocupación no es únicamente una cuestión económica, es eminentemente una preocupación por la integración social. Robert Castel planteó en La metamorfosis de la cuestión social (1997) que el trabajo es el principal mecanismo de integración de la modernidad. Cuando desaparece, no se pierde solo el salario, se pierde parte de la inscripción en el tejido social. Esto mismo lo plantea Ernesto O’Connor (2005) desde otro campo disciplinar, quien analiza el particular contexto argentino en relación a las tendencias regionales.

Los datos de desocupación, sin embargo, no alcanzan para analizar el tejido socio-laboral argentino. En nuestro país existe un mercado informal que hace que parte de la población se mantenga empleada cuando pierden sus trabajos formales. Pero esto también tiene sus complicaciones, y nos obliga a mirar más de cerca los datos. Durante el primer trimestre de 2026, la tasa de empleo no registrado llegó al 44,2%, el valor más alto de los últimos años y un incremento de más de cuatro puntos porcentuales desde el 2023, crecimiento incluso mayor al de la desocupación. Esto implica que más de cuatro de cada diez personas ocupadas trabajan de forma informal, sin acceso a aportes jubilatorios, cobertura de salud vinculada al empleo, licencias pagas, ni otros derechos laborales.

Este crecimiento de la informalidad no es un fenómeno paralelo al de la desocupación, sino su cara menos visible. Entre el primer trimestre de 2024 y el primer trimestre de 2026 se crearon 603.600 empleos no registrados, mientras que en paralelo se destruyeron 246.000 puestos de trabajo registrados (INDEC, 2026). Cuando la economía formal no está creando empleo expulsa a las personas hacia los márgenes.

Beccaria y Groisman (2009) mostraron que la informalidad en Argentina no es un fenómeno residual que el crecimiento económico absorbe con el tiempo, es una característica estructural del mercado de trabajo que persiste incluso en períodos de expansión. La clave está en el tipo de crecimiento. Cuando la economía crece por la vía de sectores que no demandan empleo registrado de calidad (servicios de baja productividad, economía de plataformas, actividad extractiva sin encadenamientos industriales), la informalidad puede subir al mismo tiempo que el PBI. No es una contradicción, sino que es la expresión de un modelo productivo que crece sin formalizar.

Los datos de desocupación e informalidad son alarmantes, pero el indicador que mejor mide la tensión real del mercado laboral es la "presión sobre el mercado de trabajo", que agrupa a desocupados, subocupados y ocupados que buscan un segundo empleo o mejores condiciones. En el primer trimestre de 2026, ese indicador alcanzó el 29,8%. Es decir, casi tres de cada diez personas económicamente activas están buscando trabajo o mejores condiciones de empleo.

Con este recorrido evidenciamos que existe una masa marginal de personas desocupadas independiente de la coyuntura política. Un piso que ninguna administración logró perforar de manera sostenida en los últimos doce años. Pero esto no explica por qué la cantidad de desocupados creció más de dos puntos porcentuales en los últimos tres años, tampoco los aumentos en la informalidad laboral.

La relación entre estos procesos y las decisiones de política económica no son aleatorias. La literatura en la materia comprende que las políticas de liberalización laboral y de desindustrialización son los factores que más inciden sobre las tasas de desocupación e informalidad (O’Connor, 2005; Beccaria y Maurizio, 2012; López, 2024). Cuando se desalienta la industria manufacturera y la agroindustria, que históricamente fueron el sector con mayor capacidad de generar empleo formal y estable, el mercado laboral pierde su principal mecanismo de formalización. El empleo que ocupa ese espacio tiende a ser menos registrado, menos protegido y peor remunerado, o hasta es desocupado.

Entonces, ¿la desocupación es coyuntural o estructural? La evidencia obliga a sostener ambas cosas simultáneamente. Existe un piso estructural, esa “masa marginal” que Nun identificó hace más de medio siglo, que ningún ciclo político logró resolver porque requiere transformaciones profundas del aparato productivo que exceden una gestión de gobierno. Y existe un componente coyuntural: el crecimiento de dos puntos en tres años, el avance de la informalidad, la destrucción de puestos formales, etc. que responde a decisiones concretas de política económica y los sectores se priorizan, qué tipo de crecimiento se promueve y qué lugar ocupa la industria manufacturera y la agroindustria en el modelo productivo. Es decir, una posible reducción sostenida de la informalidad y de la desocupación estructural requiere una economía que formalice, que industrialice, que integre. Eso no es una cuestión de voluntad política sino de modelo. Y el modelo, en última instancia, es lo que determina el tipo de trabajo que una sociedad puede ofrecer a sus miembros.

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Zani Della Negra