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Argentina le ganó a Inglaterra: lo que despierta Malvinas

Por Luisina Raimondi - 18 de julio de 2026
Argentina le ganó a Inglaterra: lo que despierta Malvinas

Introducción

El miércoles, tras eliminar a Inglaterra en semifinales del Mundial, dos jugadores de la selección argentina levantaron un cartel que decía "Las Malvinas son argentinas" (CNN Español, 2026). El gesto contradecía lo que el propio cuerpo técnico había pedido horas antes sobre separar el partido del reclamo de soberanía. Ocurrió de todos modos, y no es un hecho aislado: es el último de una serie de episodios en los que el fútbol vuelve a poner en agenda pública una disputa que, en el plano diplomático, permanece sin avanzar hace décadas (Cancillería Argentina, 2026).

Argentina reclama la soberanía de las islas Malvinas desde 1833. La última negociación bilateral formal data de antes de 1982, y desde entonces no hubo instancia de diálogo sobre el fondo de la cuestión. En ese contexto, resulta pertinente preguntarse qué función cumple el reclamo cuando aparece fuera de los canales institucionales: si es una forma de mantener el tema vigente ante la opinión pública, o si es apenas un gesto emocional sin correlato en la política exterior.

Desarrollo

¿Qué dicen los símbolos?

El antecedente más citado es el de México 1986. Cuatro años después de la guerra, Argentina eliminó a Inglaterra en cuartos de final con dos goles de Diego Maradona: uno con la mano, otro considerado el mejor gol de la historia de los mundiales. La prensa de la época lo tituló en clave bélica "Maradona se escribe con M de Malvinas" y buena parte de la sociedad leyó la victoria como una revancha (El Litoral, 2023).

Sin embargo, en el momento, Maradona la negó. Al día siguiente del partido declaró que el plantel se había dedicado a jugar al fútbol y que nunca lo vio desde un punto de vista político (Redacción N+, 2026). Incluso dijo explícitamente que ese partido no había sido una guerra y que las Malvinas no se recuperaban de esa manera. Recién años después, ya retirado, empezó a describir la jugada en términos de una revancha simbólica (Proceso, 2026).

Es relevante la distancia entre la lectura inmediata y la lectura retrospectiva. El propio Maradona resistió la interpretación política mientras estaba en juego el resultado, y sólo la incorporó después, cuando el gesto ya no tenía costo. Es el mismo patrón que reaparece ahora: en la previa del partido contra Inglaterra, Lionel Scaloni pidió separar el fútbol de la guerra, casi con las mismas palabras que usó Maradona en el 86; pero luego, los jugadores no sostuvieron esa distancia después de ganar (Semana, 2026).

La semifinal de este mes reprodujo varios de esos gestos casi punto por punto. Antes del pitazo inicial, durante la interpretación del himno inglés, los hinchas argentinos lo taparon casi por completo con el cántico "el que no salta es un inglés". Cuando llegó el turno del himno argentino, los ingleses respondieron con silbidos, pero sin lograr opacar el canto local (Infobae, 2026). El intercambio no fue aislado, en cada cruce entre las dos selecciones se produce una energía de disputa incluso antes de que la pelota se mueva.

Algo similar pasa con la lectura retrospectiva del primer gol de Maradona en el 86. La "Mano de Dios" se volvió, con los años, un símbolo popular que excede el folclore futbolístico: la lectura viral que circula es la de “un ladrón que le roba a otro ladrón”, invirtiendo el relato colonial con las mismas herramientas -la trampa, el engaño- que Argentina asocia históricamente con la ocupación de 1833. No es una interpretación oficial ni jurídica. Es, nuevamente, la migración del reclamo hacia un terreno simbólico que no necesita de ningún aval para funcionar.

Cabe destacar que ese patrón no es exclusivamente argentino. El fenómeno conocido como "Anyone But England" describe cómo, en cada torneo internacional, hinchas de Escocia, Irlanda del Norte e Irlanda -esta última no es parte del Reino Unido- tienden a alentar al rival de la selección inglesa (Grupo Animal, 2026). La explicación más citada es la misma: una relación histórica de dominación colonial que persiste como identidad futbolística mucho después de resuelta la cuestión política de fondo. Visto en ese contexto, la rivalidad argentina con los ingleses deja de ser una curiosidad regional y pasa a integrar una categoría más amplia, la de las ex colonias -o, en el caso escocés e irlandés, territorios con una relación histórica asimétrica con Londres- que encuentran en el fútbol un terreno donde la pasión popular prefiere exhibir y exacerbar el repudio al ex colonizador antes que contenerlo, incluso cuando eso tiene costos. El cartel de Lo Celso y Lisandro Martínez violó el protocolo de seguridad de FIFA, pero lo sostuvieron igual (CNN Español, 2026).

Hay, además, una razón interna que facilita ese consenso. Malvinas es una de las pocas causas que no divide a la Argentina por líneas partidarias, sino que es reclamada por igual por gobiernos de signos opuestos, y no genera la polarización que sí produce casi cualquier otro tema de agenda pública. Entonces, la ausencia de grieta en torno al reclamo vuelve más simple activarlo puertas afuera.

El contrapunto de Escudé

Carlos Escudé fue un politólogo y asesor internacional durante el gobierno de Menem, que construyó buena parte de su obra atacando este tipo de gestos. Llamó "falacia antropomórfica" a tratar al Estado como si fuera una persona con orgullo, honor o rodillas para hincar, y sostuvo que buena parte de la política exterior argentina -incluida la de Malvinas- repitió ese error: privilegiar el gesto simbólico sobre el cálculo de costos reales (Escudé, 1992).

La aplicación más severa de esa crítica no es al fútbol, sino a la guerra misma. La dictadura militar que gobernaba la Argentina en 1982 decidió recuperar las islas por la fuerza en un contexto de crisis de legitimidad interna, y lo hizo enviando a combatir a conscriptos de dieciocho y diecinueve años, muchos con instrucción militar mínima y equipamiento inadecuado para las condiciones del Atlántico Sur, frente a una potencia con capacidad militar profesional muy superior. No hubo cálculo de costos reales ni relación proporcional entre el objetivo político -sostener a un gobierno de facto debilitado- y el costo humano brutal de la decisión.

Otro ejemplo más citado fue la posguerra de Alfonsín, cuando Argentina se negó a declarar formalmente el cese de hostilidades con el Reino Unido y mantuvo rota la relación diplomática durante años, sin que ese gesto produjera ningún avance concreto en la cuestión de soberanía. Para Escudé, ese tipo de confrontación no fortalecía el reclamo: lo dejaba estancado, a cambio de un rédito puramente emocional (Escudé, 1992).

Trasladada al fútbol, la lógica de Escudé sostiene que estos símbolos no cambian el derecho internacional ni acercan a la Argentina a una negociación bilateral real. Es una lectura consistente con los hechos ya que, tras cuatro décadas de reclamo y con estrategias estatales distintas entre sí, no se ha logrado que el Reino Unido incorpore la soberanía a ninguna agenda de negociación.

El verdadero rol del símbolo

Pero el símbolo tampoco es el encargado de resolver. Esto no significa que no cumpla ninguna función; sino que opera en otro plano: el de la memoria colectiva que se transmite entre generaciones (Halbwachs, 2004). Ese plano no es menor a la hora de pensar en política exterior.

James Fearon (1994) introduce el concepto de ‘audience costs’: cuando un gobierno asume un compromiso público y sostenido frente a su sociedad, incumplir tiene un costo político, que, además, aumenta a medida que se reafirma ese compromiso. El cartel, los cánticos, y cada reafirmación pública del reclamo son una instancia más de compromiso colectivo que suben el precio de cualquier futuro retroceso. A su vez, Robert Putnam (1988) propone el modelo de “juegos de dos niveles” a la hora de hablar de política exterior, donde todo negociador internacional juega simultáneamente en dos mesas: la externa -con la potencia- y la interna -con la sociedad que tiene que convalidar cualquier acuerdo-. Cuanto más estrecho es el margen de aceptación doméstico, menos puede ceder el negociador afuera, aunque quiera.

De este modo, una sociedad que sigue nombrando colectivamente un reclamo, le pone un límite político concreto a lo que sus propios dirigentes pueden negociar en un futuro. Ningún gobierno argentino, de ningún signo, podría resignar la soberanía de las islas sin pagar un costo político altísimo, y ese coste existe en gran parte porque el reclamo se sostiene vivo fuera de los canales diplomáticos formales. En este sentido, puede decirse definitivamente que el símbolo tiene correlato con la política exterior que adoptará Argentina con cualquier gobierno: no la resuelve, pero la condiciona.

Conclusión

¿El reclamo fuera de los canales institucionales sirve para mantener el tema vigente o es apenas un gesto emocional sin correlato real? Escudé tiene razón en un punto verificable, la confrontación y el aquietamiento nunca lograron destrabar la cuestión de fondo, y ningún símbolo cambió esa educación. Pero es un error medir al símbolo con la misma vara que a la diplomacia, porque no compiten en el mismo terreno ni tienen (ni deben pretender tener) la misma función.

Los símbolos forman parte de una democracia directa informal: sin urnas ni referéndum, la sociedad ratifica un mandato sobre Malvinas cada vez que lo reafirma públicamente, y ese mandato le llega a cualquier dirigente sin que haga falta instrucción explícita. No resuelve la disputa de soberanía, pero fija el piso desde el cual cualquier futura negociación tendría que partir.

Lo ocurrido en el mundial no fue una anomalía ni un exceso, sino una repetición más de un patrón que atraviesa generaciones, gobiernos, estrategias diplomáticas opuestas entre sí y también es una manera en la que se expresan otros países. El mensaje sigue condicionando, a veces silenciosamente y otras veces con mucho ruido, lo que cualquier gobierno argentino pueda o no pueda negociar sobre Malvinas en los próximos años.

Sobre el autor

Luisina Raimondi

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